Capítulo 4
-Aaahh, entonces ahora multiplico
la diagonal por el tres y el cinco, ¿no?
Octubre niega con la cabeza y resopla, menuda tarde más
exasperante le espera, llevan una hora casi sin avanzar, y eso que tiene que
estudiar para el examen de pasado mañana…
Coge la libreta de Alicia, arranca un folio y escribe: “Tienes que hacer la regla de Sarrus, no
sumarle los números que tú quieras!” . Intenta poner cara de ofendido, pero
le es imposible con ella. Se sonroja.
-Mierda,
es verdad. ¿Y… cómo era eso?
Otro suspiro. ¿Por qué aceptaría ayudarla?
Dos horas más tarde salen de la biblioteca, el chico decide
acompañarla hasta su casa, es un poco tarde y apenas hay gente por las calles.
Empieza a anochecer y la ciudad coge un tono anaranjado que hace el trayecto un
poco más acogedor.
Pasados quince minutos llegan a la casa de Alicia, se
despiden con dos besos y quedan dos días más tarde para seguir estudiando.
Cuando ésta se va, Octubre saca un pequeño post-it del
bolsillo de su pantalón y un bolígrafo azul de su mochila, escribe “Ojalá más
tardes como ésta”, y lo pega en una pequeña libreta que siempre lleva encima. Página
cincuenta y cuatro, con otras cincuenta y tres páginas detrás con post-its de
todos los colores pegados. Es lo que le gusta hacer, escribir lo que piensa,
pero sin pensar en lo que escribe.
¿Ojalá más tardes como esta? ¿Por qué
ha puesto eso? Si él apenas ha trabajado nada, se ha pasado el día enseñándole
matemáticas a alguien que se nota que no ha prestado la más mínima atención en
clase, entonces… ¿Por qué tiene tantas ganas de volver a quedar con ella?
Alicia deja la mochila junto a la ventana y mira al chico que
la ha acompañado en la acera de enfrente, ve como saca un papel y escribe algo
rápido, mete el papel en una especie de libreta y se marcha. <Que chico más
raro, - piensa – o mejor dicho, curioso, Octubre es un chico muy curioso>
El sonido de su teléfono la sobresalta, es la melodía de
Miguel.
-¡Hola! ¿Cómo
estás, cariño?
…
-Si,
llevo toda la tarde estudiando con Marta,
tenemos examen de matemáticas.
…
-Claro,
mañana nos vemos. Un beso.
Julián lleva todo el día dándole vueltas a lo que le ha
dicho Héctor. Tal vez tenga razón, y esté siendo un poco egoísta por su parte.
Pero es algo tan difícil…
Lo mejor será dejar el tema por el momento, y relajarse
leyendo un rato.
Pablo está pensativo. Ayer, cuando Julián se marchó de casa, lo siguió hasta la entrada del hospital. Sus
padres no estaban en casa así que no tuvo que mentirle a nadie.
Si Julián va al hospital tal vez sea que se encuentra mal, o
que algún conocido suyo lo esté, tal vez por eso lo encuentra tan triste y pensativo.
Desea con todas sus fuerzas que sea lo segundo, y es que sabe (su abuelo había
muerto hacía poco tiempo) que con esas edades cualquier cosa puede acabar mal. Le
preocupa mucho su nuevo amigo.
Lo ve leer y toma una decisión, va a hablar con él. Si lo
que ocurre es que un conocido se encuentra mal, así al menos podrá consolarlo y
contarle algún chiste para que se ría, y si lo que pasa es que él es quien está
mal, pues Pablo tiene todo el derecho del mundo a saberlo, e intentar cuidarlo
todo lo que pueda.
-Hola
Julián.
-Hombre,
señor Pablo, ¿Cómo te encuentras? ¿Qué libro estás leyendo hoy?
-Hoy no
estoy leyendo nada… - Se pone muy colorado – quería preguntarte algo.
Qué extraña situación, por un momento el joven Pablo le
recordó con exactitud a Héctor García.
-Claro,
dime. ¿Ocurre algo?
Toma aire y piensa bien qué decir, contarle que le estuvo
espiando el otro día no quedaría nada bien, así que… ¿Qué le cuenta?
-Ayer fueron mis padres al hospital – miente – y me dijeron que te vieron entrar. Va todo bien, ¿no?.
-Ayer fueron mis padres al hospital – miente – y me dijeron que te vieron entrar. Va todo bien, ¿no?.
Julián es un hombre fuerte, orgulloso y al que no le gusta
mostrar sus sentimientos, pero el comentario de Pablo acaba por romper todas
las defensas que llevaba semanas haciendo, entre él y la realidad.
Y así fue cómo se derrumbó, cómo empezó a llorar como un
crio y cómo le contó todo lo que le había pasado. Sus conversaciones con el
médico, el secreto a Irene, las charlas con el psicólogo… Pablo escucha
atónito, no se esperaba esta reacción para nada, y está completamente en
blanco.
No puede seguir oyendo lo que le está diciendo. Su primer
amigo de verdad desde hacía meses y… ¿se muere? ¿Así de fácil?. No, no puede
seguir escuchando nada de eso.
Y sin pensarlo, Pablo sale corriendo del porche en el que su
amigo intenta recomponerse, con las palabras de Julián sonando una y otra vez
en su cabeza. Le ha golpeado fuerte.
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