Empezaron a venir días calurosos, se notaba la llegada de
Mayo. Todos los jóvenes aprovechaban cualquier momento libre para ir a la
playa, y los mayores se pasaban las tardes paseando. Todos menos Julián,
demasiadas cosas han pasado por su cabeza desde que le mintió a Irene como para
salir a tomar el sol. Todavía no había asimilado la idea de que se estaba
consumiendo. A pesar de que tres días a la semana iba al hospital a hablar con
el Dr. García o con el psicólogo, a
veces sentía que todo lo que estaba haciendo era una gran estupidez, que no
servía para nada. Eso era lo peor. Cuando se quedaba solo en casa, le gustaba
sentarse en el banco de la entrada, ponerse su gorro de paja (que siempre dijo
que le estilizaba mucho) y leer un poco,
le relajaba.
Pablo vivía en la casa de enfrente. Tenía el pelo castaño
con toques de rubio, como casi cualquier niño de ocho años. Era bajito, con
unos ojos marrones enormes, y tenía muchas pecas. Sus padres trabajaban todas
las tardes, quitando fines de semana, y Pablo se pasaba la mayor parte de los días
en casa.
Como no tenía otra cosa mejor que hacer, pasaba muchas
horas en la ventana de su cuarto, viendo lo que ocurría afuera. Observaba mucho
a Julián, le hacía gracia verlo sentado leyendo, con ese ridículo gorro enorme;
le hacía mucha gracia.
Aunque Pablo solo tuviera ocho años, era muy observador, y
empezó a notar algo raro en el hombre que leía en la casa de enfrente. Le
parecía… ¿triste? No estaba seguro, tal vez simplemente estuviese cansado.
Sentía curiosidad.
-Disculpe señor- Pablo había
salido de su casa y ahora estaba enfrente del porche de la de su vecino, había
traído uno de sus libros, que trataba de unos animales que querían saber si la
luna sabía a queso, para ello, se subían unos encima de otros haciendo una
torre.- Le veo muchos días aquí, ¿Qué lee?
La intromisión del joven chico no hizo sino sacar una
sonrisa a Julián.
-No creo
que te guste, es un libro para mayores, con mucho texto.
-¿Le
importa si me siento a leer con usted? Me aburro mucho en casa.
-No,
claro, siéntate, ¿Quieres que te traiga algo de beber?
Y así empezó una curiosa relación entre ambos, muchos días
venia Pablo a sentarse junto a Julián, y siempre le contaba de qué iba el libro
que estaba leyendo, empezaron a cogerse cariño.
Al día siguiente, por
la mañana.
Lunes. Filosofía a primera y matemáticas a segunda. Buena
forma de empezar el día. Alicia y Marta, su mejor amiga, están sentadas en las
mesas de la biblioteca del instituto. Han decidido colgar filosofía y de paso
hacer los deberes que no han hecho, que son casi todos.
-Joder, matrices, no me entero de
nada en la clase del tío este, ¿tú los hiciste?
-¡Qué voy a hacer yo!
Risas
-Bueno,
voy a intentar hacerlos, no tiene que ser tan complicado- Dice Alicia,
decidida.
En ese momento, la puerta de la biblioteca se abre y entra
un chico apurado, ya han pasado diez minutos desde que tocó y no le dejan subir
a clase. El chico toma aire y se sienta en una de las mesas vacías, saca un
libro y se pone a leer.
-Ese
chico está en mi clase, se le dan bien los números, dile que te lo explique.
–Marta tiene que aguantarse para que no se le escape una risita, no quiere que
Alicia sospeche nada.
La aludida se gira y lo mira: Tiene la espalda sudada,
seguramente por haber venido corriendo, y el pelo demasiado largo. No es nada
del otro mundo físicamente, pero bueno, a ver si se entera un poco de qué
van las matrices.
-Hola,
perdona. –El chico la mira y le sonríe – mi amiga me dijo que se te daban bien
las matemáticas, ¿me podrías explicar unas cosas?
El chico deja de sonreír y niega con la cabeza, se ha puesto
colorado.
-Amm…
Vale, perdona. Sigue leyendo. – <Que chico más raro>, piensa, mientras
llega a la mesa de su amiga, que se está riendo por la broma que le ha gastado.
-¿! De
qué te ríes tú!?
-El
chico ese, se llama Octubre, y no habla. Sólo quería tomarte el pelo, no te
enfades.
Marta pone cara seria e intenta aguantarse, pero pasados
unos segundos se vuelve a reír.
-¿Cómo
que no habla?
-No, es
un poco raro, los profesores ya lo conocen y nunca le preguntan nada.
Alicia no puede evitar volverse cara Octubre, éste se da
cuenta y le cruza la mirada rápidamente, antes de girarse cara el libro.
-Pues
voy a hablar con él, seguro que es un vergonzoso, nada más.
-Vete,
vete – Sonrisa de Marta – Luego me cuentas.
Vuelve a la mesa en la que está Octubre, decidida a que éste
le hable. ¡A la porra las matemáticas! Es cuestión de orgullo.
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