sábado, 26 de octubre de 2013

Capítulo 5




Trabajo, trabajo y trabajo. Eso es lo que le toca hacer durante toda la mañana. Escribir una recomendación, mandar unos documentos por e-mail, hablar con un posible nuevo cliente… Nadie dijo que ser abogado fuera fácil.
               -Perdona, Irene, ya ha llegado el nuevo. Me gustaría que le explicaras cómo va todo un poco. Enséñale el edificio y tal…
El recepcionista que acaba de asomar por la puerta de su despacho es Hugo, un chico alto, con unas gafas enormes y la única persona a la que Irene podría llegar a llamar “amigo”. Se conocen desde que vino a trabajar al bufete de abogados, y desde entonces han mantenido una relación de amistad, tanto dentro como fuera del trabajo. Y es que Hugo es con quien se toma el café de las mañanas, al que acerca en coche hasta su casa y con el que queda para comer muchos sábados.
               -Voy ahora. Gracias, Hugo.
Sonrisa cómplice.
La sala de espera del edificio es una pequeña habitación con grandes ventanas con vistas a la ciudad, tres sillones blancos a los lados y una mesa con revistas en el centro. De las paredes cuelga algún diploma, un cuadro y algunas plantas que dan al lugar un toque acogedor.
El chico está sentado en uno de los sillones, inquieto.
               -Buenos días, me llamo Irene – Se dan la mano -  ¿qué te parece si te enseño un poco cómo va todo?
               -Encantado, soy Gabriel. Gracias por ayudarme, estoy un poco perdido.
Un chico encantador.

-Qué, ¿cómo te fue ayer con Octubre?
Marta y Alicia están en frente del instituto, ya han terminado las clases y están esperando a que llegue Miguel para llevar a Alicia a comer.
               -Pues resulta que es un chico muy majo.
               -Y muy hablador – Marta no puede evitar reírse ante su ocurrencia.
               -Si, tú ríete, pero aquí la que no se entera de matemáticas eres tú. ¡Un diez le voy a sacar en el examen!
               -Va, flipada. Que sepas que…
               -Tss, calla. Que viene Miguel. Vete vete.

               -…Bueno, y aquí es donde está la impresora, la grapadora, etcétera. De todas formas si necesitas ayuda con el papeleo dinos a Hugo, el recepcionista, o a mí, y te echamos una mano si problema.
Gabriel sonríe y asiente. Cuando Irene se marcha, no puede evitar fijarse en las curvas que hacen sus pantalones, sin darse cuenta de que el joven recepcionista al que saludó antes, lo mira desde el otro extremo de la sala. <Gilipollas> piensa Hugo.

Entran en una pequeña pizzería en la que apenas hay clientes, se sientan en la mesa que está junto a la esquina y hacen sus pedidos. Miguel habla de cómo le va el trabajo en una tienda de música, como dependiente.
               -…Se que es un trabajo de mierda, pero por lo menos cobro quinientos al mes, este verano me saco el carnet de conducir y te llevo de viaje a algún lado.
               -Oh, me encantaría… París, Londres, ¡llévame a todos esos sitios!
Miguel le cuenta cómo funciona la tienda. Cada mañana tiene que madrugar para llegar a las ocho, hacer un poco de papeleo y abrir, ordenar los pedidos y colocar los nuevos discos. Quitando fines de semana y miércoles, tiene jornada completa.
               -Ah, pero no todo es un coñazo. El otro día, a eso de las seis, vino un tipo rarísimo. Entró en la tienda con una libreta y cuando llegó al mostrador me escribió que estaba buscando algo de Drake, Kid. Kudi, Eminem…
Al momento Alicia se pone tensa, lo malo que tiene Miguel es que es muy celoso, y a veces pierde los estribos. No quiere que sepa que quedó con Octubre el otro día.
-Ah, y…. ¿Qué hiciste?
               -¿Estás de broma? A mí que no me putee, si quiere algo que me lo diga. Lo eché de la tienda. Al menos me entretuve un rato.

Lleva casi un día entero sin saber nada de Pablo. Le duele cómo acabaron ayer las cosas, y se siente muy culpable por lo que pueda estar sintiendo el chico. Lo mejor será que vaya hasta su casa a hablar con él.
Peta en la puerta. Silencio. Vuelve a petar, ahora con más intensidad. Nada, ni un ruido dentro de la casa. Tal vez Pablo se haya ido a cualquier sitio, o con los padres o… No, ¿a quién quiere engañar?. Lleva tres semanas viendo al niño pasar todas las tardes en casa, ¿y justo se va a ir hoy? No, no puede ser. Vuelve a petar, ahora con más insistencia. Se está empezando a poner nervioso.
               -¡Pablo!
Grita, y nada. Sólo consigue que un vecino de la casa de enfrente asome la cabeza, curioso. Julián le lanza una mirada de pocos amigos y el hombre se vuelve a meter dentro de casa.
Suspira. No es culpa suya que al crio ese le haya dado un berrinche, no tiene por qué sentirse mal. Pero la verdad es que sabe que no va a poder estar tranquilo hasta haber hablado con él.
Se sienta en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Va a esperarlo.

domingo, 20 de octubre de 2013

Capítulo 4



Capítulo 4
-Aaahh, entonces ahora multiplico la diagonal por el tres y el cinco, ¿no?
Octubre niega con la cabeza y resopla, menuda tarde más exasperante le espera, llevan una hora casi sin avanzar, y eso que tiene que estudiar para el examen de pasado mañana…
Coge la libreta de Alicia, arranca un folio y escribe: “Tienes que hacer la regla de Sarrus, no sumarle los números que tú quieras!” . Intenta poner cara de ofendido, pero le es imposible con ella. Se sonroja.
               -Mierda, es verdad. ¿Y… cómo era eso?
Otro suspiro. ¿Por qué aceptaría ayudarla?
Dos horas más tarde salen de la biblioteca, el chico decide acompañarla hasta su casa, es un poco tarde y apenas hay gente por las calles. Empieza a anochecer y la ciudad coge un tono anaranjado que hace el trayecto un poco más acogedor.
Pasados quince minutos llegan a la casa de Alicia, se despiden con dos besos y quedan dos días más tarde para seguir estudiando.
Cuando ésta se va, Octubre saca un pequeño post-it del bolsillo de su pantalón y un bolígrafo azul de su mochila, escribe “Ojalá más tardes como ésta”, y lo pega en una pequeña libreta que siempre lleva encima. Página cincuenta y cuatro, con otras cincuenta y tres páginas detrás con post-its de todos los colores pegados. Es lo que le gusta hacer, escribir lo que piensa, pero sin pensar en lo que escribe.
¿Ojalá más tardes como esta? ¿Por qué ha puesto eso? Si él apenas ha trabajado nada, se ha pasado el día enseñándole matemáticas a alguien que se nota que no ha prestado la más mínima atención en clase, entonces… ¿Por qué tiene tantas ganas de volver a quedar con ella?
Alicia deja la mochila junto a la ventana y mira al chico que la ha acompañado en la acera de enfrente, ve como saca un papel y escribe algo rápido, mete el papel en una especie de libreta y se marcha. <Que chico más raro, - piensa – o mejor dicho, curioso, Octubre es un chico muy curioso>
El sonido de su teléfono la sobresalta, es la melodía de Miguel.
               -¡Hola! ¿Cómo estás, cariño?  
                          
               -Si, llevo toda la tarde estudiando con Marta,  tenemos examen de matemáticas.
              
               -Claro, mañana nos vemos. Un beso.

Julián lleva todo el día dándole vueltas a lo que le ha dicho Héctor. Tal vez tenga razón, y esté siendo un poco egoísta por su parte. Pero es algo tan difícil…
Lo mejor será dejar el tema por el momento, y relajarse leyendo un rato.

Pablo está pensativo. Ayer, cuando Julián se marchó de casa,  lo siguió hasta la entrada del hospital. Sus padres no estaban en casa así que no tuvo que mentirle a nadie.
Si Julián va al hospital tal vez sea que se encuentra mal, o que algún conocido suyo lo esté, tal vez por eso lo encuentra tan triste y pensativo. Desea con todas sus fuerzas que sea lo segundo, y es que sabe (su abuelo había muerto hacía poco tiempo) que con esas edades cualquier cosa puede acabar mal. Le preocupa mucho su nuevo amigo.
Lo ve leer y toma una decisión, va a hablar con él. Si lo que ocurre es que un conocido se encuentra mal, así al menos podrá consolarlo y contarle algún chiste para que se ría, y si lo que pasa es que él es quien está mal, pues Pablo tiene todo el derecho del mundo a saberlo, e intentar cuidarlo todo lo que pueda.
               -Hola Julián.
               -Hombre, señor Pablo, ¿Cómo te encuentras? ¿Qué libro estás leyendo hoy?
               -Hoy no estoy leyendo nada… - Se pone muy colorado – quería preguntarte algo.
Qué extraña situación, por un momento el joven Pablo le recordó con exactitud a Héctor García.
               -Claro, dime. ¿Ocurre algo?
Toma aire y piensa bien qué decir, contarle que le estuvo espiando el otro día no quedaría nada bien, así que… ¿Qué le cuenta?
               -Ayer fueron mis padres al hospital – miente – y me dijeron que te vieron entrar. Va todo bien, ¿no?.
Julián es un hombre fuerte, orgulloso y al que no le gusta mostrar sus sentimientos, pero el comentario de Pablo acaba por romper todas las defensas que llevaba semanas haciendo, entre él y la realidad.
Y así fue cómo se derrumbó, cómo empezó a llorar como un crio y cómo le contó todo lo que le había pasado. Sus conversaciones con el médico, el secreto a Irene, las charlas con el psicólogo… Pablo escucha atónito, no se esperaba esta reacción para nada, y está completamente en blanco.
No puede seguir oyendo lo que le está diciendo. Su primer amigo de verdad desde hacía meses y… ¿se muere? ¿Así de fácil?. No, no puede seguir escuchando nada de eso.
Y sin pensarlo, Pablo sale corriendo del porche en el que su amigo intenta recomponerse, con las palabras de Julián sonando una y otra vez en su cabeza. Le ha golpeado fuerte.

lunes, 14 de octubre de 2013

Capítulo 3



Capítulo 3
El glorioso timbre de la última hora suena, y todos los alumnos salen apurados, deseando llegar de una vez a sus respectivas casas. Alicia marcha triunfante, no ha conseguido que el chico le hablara, pero cuando le ha pedido que quedaran a la tarde siguiente en la biblioteca para que le ayudara con las materias, ha asentido. Mañana será una tarde interesante.

Se sienta en su cama con las piernas cruzadas. Sí, lo tiene muy claro. Le pasa algo. Pablo sonríe, triunfante. <¡Cómo en Detective Conan!> piensa. Ahora sólo tiene que adivinar qué es lo que le ocurre. Pero… ¿cómo? Preguntárselo abiertamente sería muy indiscreto, y, como futuro detective que quiere llegar a ser, necesita actuar con la máxima discreción posible.

Esa misma tarde
Abre la puerta blanca y entra en la pequeña sala con tres sillas de madera en el centro, acompañado por el psicólogo y Héctor García. La misma charla de todas las semanas.
Por cierto, ¿Cómo se llama el psicólogo? Ni idea, y tampoco le interesa como para intentar leer el nombre que aparece bordado en la bata blanca. Total, se nota a las leguas que al hombre éste no le importa nada el caso de Julián, que sólo viene por cumplir. Cómo él, piensa…
Hablan un rato acerca de cómo encontrar la felicidad, de hacer lo que uno quiere para sentirse más realizado, tonterías varias. Ojalá se acabe rápido y pueda volver a seguir leyendo, con el ligero calor de la tarde-noche acompañándolo, perfecto.
Pasa la hora y el psicólogo se va, Héctor acompaña a Julián hasta la salida y cuando éste se va a marchar, le interrumpe.
               -Julián, amigo, ¿tomamos algo? Tengo hasta las nueve libre.

El local se llama Deer Antlers, es un antiguo bar inglés, de paredes de madera y en el que ponen unas cervezas excelentes. Héctor pide una coca-cola ligth y Julián una Super Bock.
               -El otro día- el Dr. García mira ensimismado las burbujas que se forman en su vaso- me encontré con Irene en el supermercado. –Julián se tensa- Estuvimos hablando un rato y… ¿Por qué no le dijiste nada?
Una enorme cabeza de ciervo adorna la pared junto a la que están sentados, en las vigas de madera aparecen clavadas cortas dedicatorias de algún que otro famoso, o alguna foto posando con el dueño del local.
Se le empieza a poner la cara roja del enfado. ¿¡Cómo pudo!? ¿¡Cómo pudo Hector habérselo dicho a Irene!?.
               -¿¡Cómo te atreves a decirle eso!?
               -¿¡Cómo te atreves tú a no decírselo!? ¡Es tu hija, Julián, y tiene que saberlo! Y de todas formas, no le he contado nada.
El desconcierto que siente Julián en ese momento es mayúsculo, ¿A que está jugando el médico?
               -Lo que te estaba diciendo- Suspiro – Es que estuve hablando con ella, y la encontré animada, por eso supuse que no le habías dicho nada. Sabes que se terminará enterando, ¿no?. Deberías hablarlo con ella para ir asimilándolo un poco, ya sé que es jodido, pero deberías hacerlo.
Es la primera vez que Julián escucha un taco por parte de Héctor, aunque también es verdad que es la primera vez que hablan fuera del ámbito médico. Le saca una sonrisa.
               -Lo haré, amigo, sólo déjame pensar cómo.

domingo, 6 de octubre de 2013

Capítulo 2



Empezaron a venir días calurosos, se notaba la llegada de Mayo. Todos los jóvenes aprovechaban cualquier momento libre para ir a la playa, y los mayores se pasaban las tardes paseando. Todos menos Julián, demasiadas cosas han pasado por su cabeza desde que le mintió a Irene como para salir a tomar el sol. Todavía no había asimilado la idea de que se estaba consumiendo. A pesar de que tres días a la semana iba al hospital a hablar con el Dr.  García o con el psicólogo, a veces sentía que todo lo que estaba haciendo era una gran estupidez, que no servía para nada. Eso era lo peor. Cuando se quedaba solo en casa, le gustaba sentarse en el banco de la entrada, ponerse su gorro de paja (que siempre dijo que le estilizaba mucho) y  leer un poco, le relajaba.

Pablo vivía en la casa de enfrente. Tenía el pelo castaño con toques de rubio, como casi cualquier niño de ocho años. Era bajito, con unos ojos marrones enormes, y tenía muchas pecas. Sus padres trabajaban todas las tardes, quitando fines de semana, y Pablo se pasaba la mayor parte de los días en casa.
Como no tenía otra cosa mejor que hacer,  pasaba muchas horas en la ventana de su cuarto, viendo lo que ocurría afuera. Observaba mucho a Julián, le hacía gracia verlo sentado leyendo, con ese ridículo gorro enorme; le hacía mucha gracia.
Aunque Pablo solo tuviera ocho años, era muy observador, y empezó a notar algo raro en el hombre que leía en la casa de enfrente. Le parecía… ¿triste? No estaba seguro, tal vez simplemente estuviese cansado. Sentía curiosidad.
-Disculpe señor- Pablo había salido de su casa y ahora estaba enfrente del porche de la de su vecino, había traído uno de sus libros, que trataba de unos animales que querían saber si la luna sabía a queso, para ello, se subían unos encima de otros haciendo una torre.- Le veo muchos días aquí, ¿Qué lee?
La intromisión del joven chico no hizo sino sacar una sonrisa a Julián.
               -No creo que te guste, es un libro para mayores, con mucho texto.
               -¿Le importa si me siento a leer con usted? Me aburro mucho en casa.
               -No, claro, siéntate, ¿Quieres que te traiga algo de beber?
Y así empezó una curiosa relación entre ambos, muchos días venia Pablo a sentarse junto a Julián, y siempre le contaba de qué iba el libro que estaba leyendo, empezaron a cogerse cariño.

Al día siguiente, por la mañana.
Lunes. Filosofía a primera y matemáticas a segunda. Buena forma de empezar el día. Alicia y Marta, su mejor amiga, están sentadas en las mesas de la biblioteca del instituto. Han decidido colgar filosofía y de paso hacer los deberes que no han hecho, que son casi todos.
-Joder, matrices, no me entero de nada en la clase del tío este, ¿tú los hiciste?
-¡Qué voy a hacer yo!
Risas
               -Bueno, voy a intentar hacerlos, no tiene que ser tan complicado- Dice Alicia, decidida.
En ese momento, la puerta de la biblioteca se abre y entra un chico apurado, ya han pasado diez minutos desde que tocó y no le dejan subir a clase. El chico toma aire y se sienta en una de las mesas vacías, saca un libro y se pone a leer.
               -Ese chico está en mi clase, se le dan bien los números, dile que te lo explique. –Marta tiene que aguantarse para que no se le escape una risita, no quiere que Alicia sospeche nada.
La aludida se gira y lo mira: Tiene la espalda sudada, seguramente por haber venido corriendo, y el pelo demasiado largo. No es nada del otro mundo físicamente, pero bueno, a ver si se entera un poco de qué van las matrices.
               -Hola, perdona. –El chico la mira y le sonríe – mi amiga me dijo que se te daban bien las matemáticas, ¿me podrías explicar unas cosas?
El chico deja de sonreír y niega con la cabeza, se ha puesto colorado.
               -Amm… Vale, perdona. Sigue leyendo. – <Que chico más raro>, piensa, mientras llega a la mesa de su amiga, que se está riendo por la broma que le ha gastado.
               -¿! De qué te ríes tú!?
               -El chico ese, se llama Octubre, y no habla. Sólo quería tomarte el pelo, no te enfades.
Marta pone cara seria e intenta aguantarse, pero pasados unos segundos se vuelve a reír.
               -¿Cómo que no habla?
               -No, es un poco raro, los profesores ya lo conocen y nunca le preguntan nada.
Alicia no puede evitar volverse cara Octubre, éste se da cuenta y le cruza la mirada rápidamente, antes de girarse cara el libro.
               -Pues voy a hablar con él, seguro que es un vergonzoso, nada más.
               -Vete, vete – Sonrisa de Marta – Luego me cuentas.
Vuelve a la mesa en la que está Octubre, decidida a que éste le hable. ¡A la porra las matemáticas! Es cuestión de orgullo.

Capítulo 1

               -¿Cuánto tiempo?
               -Se que es una noticia dura, Julián, así que si quieres podemos buscar a un especialista para que te ayude a…
-¿¡Cuánto!?
-De nueve a doce meses- El Dr. García baja la cabeza, le cae muy bien Julián y le duele lo que tiene que decirle- O quizá menos, todo depende de cómo vaya evolucionando.
Nueve meses, estúpido cáncer, Julián está fuera de sí, ahora mismo le encantaría ponerse a gritar como un loco, pero se contiene, Héctor García es un gran hombre, bueno, “mediohombre”, como le gustaba llamarle, y es que su médico todavía no ha llegado a los treinta, y Julián siempre bromea con que parece que no tiene ni quince. Así que coge su sombrero, se pone la chaqueta y sale de la sala. Sabe que hay un montón de cosas que le quiere decir el doctor, pero no hay ni una sola que le apetezca escuchar ahora mismo.
Afuera hace calor, decide entrar en un bar y tomar algo, mientras piensa qué decirle a su hija. Le espera una tarde complicada.
Llega a casa hora y media más tarde, y se alegra de comprobar que no hay nadie, perfecto, así tendrá algo más de tiempo para ordenar sus ideas, Irene debe de estar trabajando, y seguramente  Alicia haya quedado con el cretino ese… ¿Cómo se llamaba? Ah, ya, Miguel.
Miguel era el chico con el que estaba ahora Alicia, el típico guapito que mira a la gente por encima del hombro y que viste con pantalones ajustados. Cada vez que se encuentran, Julián tiene que hacer un esfuerzo por no llamarle Embutido. La idea de decírselo le pone un poco de mejor humor, y se pone a tararear la canción que está sonando por la radio mientras prepara la comida.
Ahora suena My Girl, de The Temptations, le encanta esta canción y empieza a cantar más alto, cuando escucha un ruido que viene del piso de arriba. A los pocos minutos ve bajar por las escaleras a su nieta con Embutido, la saluda con dos besos y un abrazo a ella, y con un frio “buenos días” a él.
-Abuelo, Miguel y yo nos vamos a comer fuera, ¿vale?
               -Si, claro, marcharos, ya vendrá tu madre luego.
Otros dos besos, y se van. Julián no puede evitar fijarse en el chupón que tiene Alicia en el cuello. Sí, definitivamente, hoy va a ser un día difícil.

Una hora más tarde
Irene entra en casa, es una mujer alta, de mirada segura, pero con el corazón roto. Hace ya años que había perdido cualquier contacto con su ex marido, él prefirió quedarse con el coche y la televisión antes que con la niña, así que Irene cuidó a Alicia sola durante años, hasta que Julián vino a vivir a casa. Tanto su padre como su hija siempre le insistieron en que conociera a otro hombre, pero ella nunca aceptó. Dice que está demasiado ocupada.
Al entrar se encuentra con su padre, sentado en la mesa de la cocina leyendo el periódico, al verla venir le da dos besos y un abrazo cariñoso, y le pide que se siente con él.
-¿Cómo te ha ido el día, cariño?
               -Bien. Bueno, como siempre, no me quejo. –Irene empieza a pensar que hay algo raro en el comportamiento de su padre, parece serio, pensativo. –Papá, ¿ocurre algo?
               -Emm… pues no estoy del todo seguro. –Se está empezando a poner nervioso. ¿Se lo dice? Le haría mucho daño, pero sabe que tarde o temprano se va a enterar, y en el fondo quiere decírselo- La verdad es que hay algo de lo que te quería hablar…
               -Dime, venga, ¿Qué pasa?
¿Cómo empieza? ¿Cómo le dices a tu hija algo así? Joder, vaya dilema.
               -Bueno, bien.
               -¿Bien? Julián, ¡suéltalo!
Julián está empezando a arrepentirse de haberle dicho que se sentara a hablar con él, mira a un lado y a otro de la habitación, pensando en el modo de decirle lo que le han dicho esa misma mañana, que se muere.
               -Pues… Que tu hija pasa mucho tiempo últimamente con el Miguel ese, y no me gusta nada el chico ese, no es trigo limpio. -Odia mentir, pero odia más decir la verdad.
               -¡Boh! ¿Era eso?... Son jóvenes, papá, déjales que se lo pasen bien.
               -Ya, tienes razón… Bueno, ¿Comemos?