Trabajo, trabajo y trabajo. Eso es lo que le toca hacer durante
toda la mañana. Escribir una recomendación, mandar unos documentos por e-mail,
hablar con un posible nuevo cliente… Nadie dijo que ser abogado fuera fácil.
-Perdona,
Irene, ya ha llegado el nuevo. Me gustaría que le explicaras cómo va todo un
poco. Enséñale el edificio y tal…
El recepcionista que acaba de asomar por la puerta de su
despacho es Hugo, un chico alto, con unas gafas enormes y la única persona a la
que Irene podría llegar a llamar “amigo”. Se conocen desde que vino a trabajar
al bufete de abogados, y desde entonces han mantenido una relación de amistad,
tanto dentro como fuera del trabajo. Y es que Hugo es con quien se toma el café
de las mañanas, al que acerca en coche hasta su casa y con el que queda para
comer muchos sábados.
-Voy
ahora. Gracias, Hugo.
Sonrisa cómplice.
La sala de espera del edificio es una pequeña habitación con
grandes ventanas con vistas a la ciudad, tres sillones blancos a los lados y
una mesa con revistas en el centro. De las paredes cuelga algún diploma, un
cuadro y algunas plantas que dan al lugar un toque acogedor.
El chico está sentado en uno de los sillones, inquieto.
-Buenos
días, me llamo Irene – Se dan la mano - ¿qué
te parece si te enseño un poco cómo va todo?
-Encantado,
soy Gabriel. Gracias por ayudarme, estoy un poco perdido.
Un chico encantador.
-Qué, ¿cómo te fue ayer con
Octubre?
Marta y Alicia están en frente del instituto, ya han
terminado las clases y están esperando a que llegue Miguel para llevar a Alicia
a comer.
-Pues
resulta que es un chico muy majo.
-Y muy
hablador – Marta no puede evitar reírse ante su ocurrencia.
-Si, tú
ríete, pero aquí la que no se entera de matemáticas eres tú. ¡Un diez le voy a
sacar en el examen!
-Va,
flipada. Que sepas que…
-Tss,
calla. Que viene Miguel. Vete vete.
-…Bueno,
y aquí es donde está la impresora, la grapadora, etcétera. De todas formas si
necesitas ayuda con el papeleo dinos a Hugo, el recepcionista, o a mí, y te
echamos una mano si problema.
Gabriel sonríe y asiente. Cuando Irene se marcha, no puede
evitar fijarse en las curvas que hacen sus pantalones, sin darse cuenta de que
el joven recepcionista al que saludó antes, lo mira desde el otro extremo de la
sala. <Gilipollas> piensa Hugo.
Entran en una pequeña pizzería en la que apenas hay
clientes, se sientan en la mesa que está junto a la esquina y hacen sus
pedidos. Miguel habla de cómo le va el trabajo en una tienda de música, como
dependiente.
-…Se que
es un trabajo de mierda, pero por lo menos cobro quinientos al mes, este verano
me saco el carnet de conducir y te llevo de viaje a algún lado.
-Oh, me
encantaría… París, Londres, ¡llévame a todos esos sitios!
Miguel le cuenta cómo funciona la tienda. Cada mañana tiene
que madrugar para llegar a las ocho, hacer un poco de papeleo y abrir, ordenar
los pedidos y colocar los nuevos discos. Quitando fines de semana y miércoles,
tiene jornada completa.
-Ah,
pero no todo es un coñazo. El otro día, a eso de las seis, vino un tipo
rarísimo. Entró en la tienda con una libreta y cuando llegó al mostrador me
escribió que estaba buscando algo de Drake, Kid. Kudi, Eminem…
Al momento Alicia se pone tensa, lo malo que tiene Miguel es
que es muy celoso, y a veces pierde los estribos. No quiere que sepa que quedó
con Octubre el otro día.
-Ah, y…. ¿Qué hiciste?
-¿Estás
de broma? A mí que no me putee, si quiere algo que me lo diga. Lo eché de la
tienda. Al menos me entretuve un rato.
Lleva casi un día entero sin saber nada de Pablo. Le duele
cómo acabaron ayer las cosas, y se siente muy culpable por lo que pueda estar
sintiendo el chico. Lo mejor será que vaya hasta su casa a hablar con él.
Peta en la puerta. Silencio. Vuelve a petar, ahora con más
intensidad. Nada, ni un ruido dentro de la casa. Tal vez Pablo se haya ido a
cualquier sitio, o con los padres o… No, ¿a quién quiere engañar?. Lleva tres
semanas viendo al niño pasar todas las tardes en casa, ¿y justo se va a ir hoy?
No, no puede ser. Vuelve a petar, ahora con más insistencia. Se está empezando
a poner nervioso.
-¡Pablo!
Grita, y nada. Sólo consigue que un vecino de la casa de
enfrente asome la cabeza, curioso. Julián le lanza una mirada de pocos amigos y
el hombre se vuelve a meter dentro de casa.
Suspira. No es culpa suya que al crio ese le haya dado un
berrinche, no tiene por qué sentirse mal. Pero la verdad es que sabe que no va
a poder estar tranquilo hasta haber hablado con él.
Se sienta en el suelo, con la espalda apoyada en la pared.
Va a esperarlo.