Se levanta de la cama. Le duele
todo. Camina hacia el baño pero tiene que detenerse varias veces para coger aire.
Suspira. La pequeña puerta de madera con mango dorado se abre lentamente, y un
hombre ya mayor, cansado y enfermo, entra muy despacio. De golpe siente todo el
peso de los años sobre sus hombros. Tira del manillar y el pequeño mueble de
encima del lavabo se abre, elige los recipientes de las pastillas. Memoriza
rápidamente lo que le había dicho el Dr. García, que se tomara una rosa y dos
blancas cada noche. ¿O eran dos rosas y una banca? No, rosas eran solo una.
Vuelve a suspirar; aún es de noche, y va a necesitar fuerzas para mañana, así que
se vuelve a meter en cama. No consigue reconciliar el sueño.
Alicia está nerviosísima. En unas
dos horas va a tener por fin el examen de matemáticas que lleva días preparando
con Octubre. Por fin su último examen.
Desayuna a todo correr y sube a
darle un último repaso a las matrices. Números, números y números. Y muchas
letras. Demasiadas cosas de las que acordarse para hora y media de mañana.
Por fin es la hora. Todas las
clases hacen el examen en la misma aula, así que se sienta junto a Marta, que
no tiene ni idea de nada. De repente piensa en Octubre, él también tiene que
hacer el examen. Lo busca con la mirada y lo encuentra al fondo de la clase. Se miran y se sonríen. Rápidamente Alicia
aparta la mirada, se pone colorada. La tarde anterior, en casa de Octubre,
estuvieron muy cerca el uno del otro, en un abrazo larguísimo, del que ninguno
de los dos se quería separar. Fue… ¿Qué fue? Joder, joder, joder. Alicia tiene
novio, no puede, no debe sentir lo que sintió el otro día con otro chico que no
fuera Miguel. ¿Pero qué sintió exactamente? No lo sabe.
El profesor empieza a repartir
los exámenes, así que decide dejar de pensar en su novio y en su amigo y
concentrarse en las matemáticas.
Octubre la mira por última vez,
agacha la cabeza y empieza con los ejercicios.
Esa misma tarde
-Muy
bien, vamos a ver por donde empezamos… - Julián y Pablo están sentados en un
banco de la alameda, realmente hace calor. Julián ha cogido la pequeña lista
que le regaló su amigo, dispuesto a empezar con ella.
-Podemos
empezar por uno fácil, hhmmm – Pablo lee el papel una y otra vez buscando algo
por lo que empezar. – ¿Tomarse un helado de cinco bolas?
-¡¿Tú
quieres ayudarme, o conseguir que me dé un algo!? – Se ríen – Vale, está bien.
Será el helado entonces.
Cruzan la calle para meterse en la heladería que está en frente.
Julián pide uno de fresa, yogurt, café, nata y ciruela, y termina por comprarle
un cucurucho a Pablo de fresa, chocolate, más fresa y más chocolate.
Se vuelven a sentar en el banco de antes, cada uno con una
torre de colores en sus manos.
-¡Come
rápido, que se te derrite! – Pablo apremia a Julián, al que la idea de tomarse
tanto helado sigue sin parecerle muy adecuada.
Al
acabar, después de quince minutos comiendo sin parar y con un regusto a fresa,
yogurt, café, nata y ciruela, Julián por fin tacha su primera locura de la
lista. Sonríe. Sólo quedan cuarenta y nueve.
-Bueno,
¿vamos a por la siguiente?
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