sábado, 25 de enero de 2014

Capítulo 9




El papel se le escurre de las manos y cae al suelo haciendo un ­casi imperceptible pero ensordecedor ruido al contacto con la madera. Alicia no se mueve; realmente le impactó lo que acababa de descubrir acerca de Octubre. Su abuelo la llama para ir a comer, pero no le escucha. En su cabeza todo es un remolino de sentimientos y pensamientos trágicos; tiene que hablar con él, verlo a la cara y abrazarlo, consolarlo a él o tal vez consolarse a ella misma, todo es un caos.
Baja a toda velocidad por las escaleras y a un grito de “¡mamá, como con Marta!” sale corriendo de casa. Atraviesa rápido su urbanización, baja la cuesta grande y llega a la plaza de los bares. Coge el teléfono y le manda un mensaje a Octubre pidiéndole que le indique dónde vive. Espera impaciente a que le responda, y cuando lo hace vuelve a apurar el paso hacia las pequeñas calles del Este de la ciudad. Tarda unos veinte minutos en llegar a la casa.
Timbra impaciente y aprovecha para recuperar el aliento mientras escucha unos pasos al otro lado de la vivienda. La puerta se abre y aparece una señora de unos sesenta años, con unos rulos en el pelo y la cara a medio pintar. Mierda, se ha equivocado de casa. Sin siquiera pedir disculpas o aclarar lo ocurrido se da la vuelta y camina hacia el portal de enfrente. No hay timbre, por lo que da unos ligeros golpes en la puerta, la cual pasados unos diez segundos se abre. Octubre, despeinado y en pijama la mira desconcertado. Coge su libretita para preguntarle qué ocurre, pero antes de que pueda escribir nada Alicia lo abraza con todas sus fuerzas.

               -Esta chica se va así, de golpe, sin dar explicaciones – Irene suspira - ¿Yo a su edad era igual?
               -No, para nada. Tú eras mucho peor – Los dos se ríen. Julián e Irene se sientan a comer en la pequeña mesa del salón –Pero es algo normal. Tiene diecisiete años, quiere estar con los amigos.
               -Ya lo sé, papá, pero me fastidia… - apaga la televisión – Oye, Julián, quería contarte algo.
               -Dime, cariño. ¿Qué ocurre?
               -Voy a pasarme unos días fuera de casa la semana que viene. Nos llamaron para un caso importante en Gorriat, y como queda a unas cinco horas de aquí, pues dormiré en un hotel para no tener que viajar tanto.
               -Ah, no te preocupes. Yo cuido de Alicia
Se sonríen cariñosamente y terminan de comer en silencio.

Julián descansa en el porche, hace mucho que no habla con Pablo, así que decide ir a hacerle una visita. Timbra y a los pocos segundos se asoma el joven chico, le sonríe y le invita a entrar.
               -¿Quieres algo? Tengo zumo o bizcocho si quieres.
               -Muchas gracias pero no hace falta – Julián lo mira con cariño, realmente le ha cogido aprecio.
               -Como quieras – Coge un pedazo enorme de bizcocho y se lo mete en la boca – Julián, ¿ya pensaste qué hacer? – Las migas le salen de la boca y apenas se le entiende.
-¿A qué te refieres?
-A la lista. Vas a hacerla, ¿no?
-Pablo, de verdad que me encantó tu detalle, pero es una locura. Y más para alguien de mi edad. – Suspira
-¿Por qué dices que es una locura si ni siquiera te molestas en intentar hacerlo?  ¿Te da miedo, es eso?
               -Claro que no es eso, lo que pasa es que…
               -Vaya, no sabía que mi vecino Julián fuera tan cobarde. –Pablo se siente ofendido – Pues limítese a esperar sentado a que no ocurra nada, entonces.
               -Chico… ¡Entiéndeme!
               -Lo entiendo todo perfectamente. – Se mete otro cacho de bizcocho en la boca y frunce el ceño para que se note lo enfadado que está.
               -¡Está bien, está bien! Intentaré hacerlo, pero sólo si tú me ayudas. ¿De acuerdo?
               -Sabía que dirías que si – Pablo sonríe de oreja a oreja, dejando ver toda la comida que tiene en la boca. – Y ahora… - Pone un cacho de bizcocho enorme en frente de Julián. - ¡Come!

No hay comentarios:

Publicar un comentario