El papel se le escurre de las manos y cae al suelo haciendo
un casi imperceptible pero ensordecedor ruido al contacto con la madera.
Alicia no se mueve; realmente le impactó lo que acababa de descubrir acerca de
Octubre. Su abuelo la llama para ir a comer, pero no le escucha. En su cabeza
todo es un remolino de sentimientos y pensamientos trágicos; tiene que hablar
con él, verlo a la cara y abrazarlo, consolarlo a él o tal vez consolarse a
ella misma, todo es un caos.
Baja a toda velocidad por las escaleras y a un grito de “¡mamá,
como con Marta!” sale corriendo de casa. Atraviesa rápido su urbanización, baja
la cuesta grande y llega a la plaza de los bares. Coge el teléfono y le manda
un mensaje a Octubre pidiéndole que le indique dónde vive. Espera impaciente a
que le responda, y cuando lo hace vuelve a apurar el paso hacia las pequeñas
calles del Este de la ciudad. Tarda unos veinte minutos en llegar a la casa.
Timbra impaciente y aprovecha para recuperar el aliento
mientras escucha unos pasos al otro lado de la vivienda. La puerta se abre y
aparece una señora de unos sesenta años, con unos rulos en el pelo y la cara a
medio pintar. Mierda, se ha equivocado de casa. Sin siquiera pedir disculpas o
aclarar lo ocurrido se da la vuelta y camina hacia el portal de enfrente. No
hay timbre, por lo que da unos ligeros golpes en la puerta, la cual pasados
unos diez segundos se abre. Octubre, despeinado y en pijama la mira
desconcertado. Coge su libretita para preguntarle qué ocurre, pero antes de que
pueda escribir nada Alicia lo abraza con todas sus fuerzas.
-Esta
chica se va así, de golpe, sin dar explicaciones – Irene suspira - ¿Yo a su
edad era igual?
-No,
para nada. Tú eras mucho peor – Los dos se ríen. Julián e Irene se sientan a
comer en la pequeña mesa del salón –Pero es algo normal. Tiene diecisiete años,
quiere estar con los amigos.
-Ya lo
sé, papá, pero me fastidia… - apaga la televisión – Oye, Julián, quería
contarte algo.
-Dime,
cariño. ¿Qué ocurre?
-Voy a pasarme unos días fuera de casa la semana que viene. Nos llamaron para un caso importante en Gorriat, y como queda a unas cinco horas de aquí, pues dormiré en un hotel para no tener que viajar tanto.
-Voy a pasarme unos días fuera de casa la semana que viene. Nos llamaron para un caso importante en Gorriat, y como queda a unas cinco horas de aquí, pues dormiré en un hotel para no tener que viajar tanto.
-Ah, no
te preocupes. Yo cuido de Alicia
Se sonríen cariñosamente y terminan de comer en silencio.
Julián descansa en el porche, hace mucho que no habla con
Pablo, así que decide ir a hacerle una visita. Timbra y a los pocos segundos se
asoma el joven chico, le sonríe y le invita a entrar.
-¿Quieres
algo? Tengo zumo o bizcocho si quieres.
-Muchas
gracias pero no hace falta – Julián lo mira con cariño, realmente le ha cogido
aprecio.
-Como
quieras – Coge un pedazo enorme de bizcocho y se lo mete en la boca – Julián, ¿ya
pensaste qué hacer? – Las migas le salen de la boca y apenas se le entiende.
-¿A qué te refieres?
-A la lista. Vas a hacerla, ¿no?
-Pablo, de verdad que me encantó
tu detalle, pero es una locura. Y más para alguien de mi edad. – Suspira
-¿Por qué dices que es una locura
si ni siquiera te molestas en intentar hacerlo?
¿Te da miedo, es eso?
-Claro
que no es eso, lo que pasa es que…
-Vaya,
no sabía que mi vecino Julián fuera tan cobarde. –Pablo se siente ofendido –
Pues limítese a esperar sentado a que no ocurra nada, entonces.
-Chico… ¡Entiéndeme!
-Lo
entiendo todo perfectamente. – Se mete otro cacho de bizcocho en la boca y
frunce el ceño para que se note lo enfadado que está.
-¡Está
bien, está bien! Intentaré hacerlo, pero sólo si tú me ayudas. ¿De acuerdo?
-Sabía
que dirías que si – Pablo sonríe de oreja a oreja, dejando ver toda la comida
que tiene en la boca. – Y ahora… - Pone un cacho de bizcocho enorme en frente
de Julián. - ¡Come!