domingo, 15 de diciembre de 2013

Capítulo 8




“Lo primero de todo es que quiero que sepas que nunca he contado esto a nadie, todo lo que ocurrió lo tengo en mi cabeza y esta es la primera vez que lo voy a dejar salir. No sé por qué lo hago, tal vez necesite desahogarme, pero quiero que entiendas que es muy importante para mí que no se lo enseñes a nadie. Confío en ti.
Ocurrió hace unos diez años, yo de aquella era un crío… Habíamos viajado a París aprovechando las vacaciones y nos alojábamos en un pequeño hotel céntrico con vistas a toda la ciudad. Hacía calor y habíamos decidido pasar la tarde callejeando, apartándonos un poco de los sitios turísticos. Siempre me enseñaron que viajar de verdad no es sólo visitar museos y sacarse la típica foto, tienes que salir del camino clásico, meterte por pequeños callejones y perderte. Perderte.
Llevábamos unas dos horas paseando cuando mi madre empezó a toser y a ponerse roja. Yo ya me había dado cuenta de que le costaba un poco respirar mientras paseábamos, pero no le quisiera dar importancia. Mi padre y yo nos pusimos muy nerviosos, y decidimos llevarla al hotel para que descansara.
Anochecía en París, el calor un tanto bochornoso de hacía unas horas había desaparecido, dejando en su lugar una agradable brisa, sin llegar a ser fría, pero que invitaba a tomar el aire. Mi madre ya parecía estar recuperada, se había tumbado en cama y charlaba con mi padre.
Me asomé al balcón. El cielo teñía de rojo las pocas nubes que había en el cielo, las farolas se estaban empezando a encender y daban un ambiente acogedor a las pequeñas calles que rodeaban el hotel. Toda esa belleza se desvaneció cuando de repente escuché un golpe, como de algo que se callera al suelo de madera, y gritos de mi padre. Entré corriendo en la habitación y vi cómo mi madre convulsionaba. Le grité, la intenté agarrar, pero no podía hacer nada, se movía con mucha fuerza. Salí corriendo al pasillo a pedir ayuda. Llegué a recepción, estaba sudando y nerviosísimo, agarré al chico mientras le contaba lo que ocurría y lo intenté llevar a donde estaba mi madre, pero no se movía. En cierto modo lo entiendo; que de golpe venga un niño de unos siete años, gritándote en un idioma que no conoces y te intente arrastrar puede resultar raro. Pero terminé convenciéndolo de que me siguiera. Llegamos a la habitación, mi padre estaba fuera de sí.
Cuando el recepcionista vio lo que pasaba, bajó corriendo a por un teléfono y avisó a una ambulancia. En el hospital me contaron que mi madre tenía una enfermedad que no le habían descubierto antes, y que ahora no se podía hacer nada. Murió esa misma tarde.
Después de eso, en España, mi padre se pasó los días sin salir de casa. Comía poco, no dormía,  cuando le preguntaba algo, respondía con monosílabos y no me miraba a los ojos.
Hasta que un día llegué a casa y no estaba, pasé una semana sin verlo y  me preocupé mucho por él, pero pasado unos días me lo volví a encontrar, sentado en el sofá como si no hubiera pasado nada. No le quise preguntar a dónde había ido.
De ahí en adelante apenas volvió a dirigirme la palabra. Desaparecía unos días, luego unas semanas, un mes… Algunas veces regresaba a la noche, cuando yo dormía; me dejaba el desayuno hecho y dinero por si necesitaba algo. Las facturas se seguían pagando mes a mes y yo tampoco quería presionarlo, así que le dejé perderse. Ahora apenas lo veo unas diez veces al año.
Tal vez fuera la rabia de no poder expresarle al recepcionista lo que pasaba, o una forma de recordar a mi madre, o de intentar entender más a mi padre, pero dejé de hablar. Es algo que llevo años haciendo, muchos años. No sé si me ayuda, o sólo empeora las cosas, pero me da igual. Es algo que no quiero cambiar.
Cuando termines de leer esto por favor, rompe el papel, quémalo, me da igual lo que hagas, pero hazlo.”
Octubre

domingo, 8 de diciembre de 2013

Capítulo 7




Le despierta el sonido de su teléfono. Gabriel se levanta de la cama, intentando no despertar a la chica que duerme junto a él. Se viste rápido y sale al balcón. Descuelga.
               -¿Hola?
               -Gabriel, cariño, me tenías preocupada. ¿Dónde estás?
               -Ya te dije que hoy no dormiría en casa, tengo mucho trabajo.
               -Ya, pero es sábado, y como no sabía nada de ti…
Gabriel la interrumpe, su acompañante de esa noche se acaba de despertar.
               -Oye, luego hablamos. Tengo que colgar.
               -Vale, te qui…
Antes de que pueda terminar la frase le cuelga el teléfono. Hoy no está de humor para hacer teatro.

Quedan dos días para el examen de matemáticas, pero eso ahora mismo es lo que menos le importa, lo que de verdad quiere es arreglar las cosas con Octubre. Debería de escribirle, aunque la verdad, después de cómo acabaron ayer  le da un poco de vergüenza.
Suena su móvil. Un mensaje, ojalá sea él. Tal vez quiera pedirle disculpas, o simplemente quedar para estudiar de nuevo, pero la verdad es que le da igual. Mira la pantalla y lo que siente es… ¿decepción? Quien le ha mandado un mensaje no es Octubre, sino su novio, preguntándole si quería quedar, ¿Por qué le ha fastidiado? Bueno, de todas formas, no puede quedar. Ya le responderá en otro momento, tiene mucho que repasar. Le manda a Octubre un mensaje diciéndole que va a pasarse la tarde en la biblioteca, por si quiere venir a ayudarla. Monta la mochila y sale de casa.
Camina pensativa, es temprano y apenas hay gente por las calles. Hace frio, el sol todavía no calienta mucho. Le encanta pasear a esas horas, cuando todavía puedes notar el ambiente húmedo de la noche anterior, con una luz clarísima iluminando un camino casi desierto. Verdaderamente le encanta.
Octubre llega a la biblioteca media hora después de ella. La encuentra en una de las mesas con vistas a la ciudad, escribiendo en su libreta números y números. Sin quererlo, se le escapa una sonrisa.
Alicia lo ve, le saluda con la mano y le pide que se siente. Los dos están un poco tensos.
               -Oye, Octubre… Perdona por lo de ayer, pensé que era algo sin importancia.
Él la interrumpe con un ademán, le sonríe y señala el libro de matemáticas. Mejor dejar el tema de lado y ponerse a repasar.



               -Y le terminé contando todo, y el chaval se asustó y se fue corriendo a su casa. Joder, tardó días en salir. –Julián habla rápido, está nervioso– Y así, de golpe, me aparece en casa con este papel.
Le pasa el folio de “cincuenta cosas que hacer antes de morir”, Héctor García se queda pensativo. El joven vecino de su paciente le acaba de dar una idea.
               -Bueno… ¿Y por qué no lo intentas? Hacer la lista, digo. Así al menos saldrás un poco de casa, y estarás entretenido.
               -¿Es una broma? ¿Pero tú leíste todo lo que pone ahí? Dudo que me veas hacer paracaidismo.
Los dos se ríen. Últimamente se pasan muchos días en Deer Antlers, y Julián ha decidido prescindir de las reuniones con el psicólogo. Les es más fácil hablar en un ambiente relajado como lo es un bar.
               -No, en serio. Piénsalo, no pierdes nada por intentarlo. Por cierto, Ya hablarías con Irene, ¿no?
               -Claro.

Alicia llega a casa después de haberse pasado toda la mañana estudiando. Deja a mochila en la cama y se tumba. Le duelen los hombros del peso de las libretas, pero ha merecido la pena. Ya vuelve a estar bien con Octubre, y tiene el examen muy bien preparado.
Empieza a vaciar la mochila. Saca las dos libretas, un libro, el estuche y… ¿un papel? Lo mira, curiosa. Está doblado  como si fuera un sobre, y en la parte delantera se lee “No quería que lo vieras estando yo delante, no se lo enseñes a nadie. Octubre”.
La curiosidad la envuelve por completo. Aparta todas las cosas de la mesa, coge el pequeño sobre y lo abre. Empieza a leer…



miércoles, 20 de noviembre de 2013

[NOTA]

Dada la presión de los exámenes finales de trimestre, no tendré mucho tiempo para ponerme a escribir hasta vacaciones. Pero así como pueda, prometo ponerme en serio, que me muero de ganas de seguir con la historia.
Perdonad las molestias.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Capítulo 6



<Bien, ya lo vas entendiendo> escribe en el folio. Alicia sonríe. Tiene razón, sólo han quedado dos días y ya le están empezando a salir los problemas, con un poco de suerte incluso hasta puede sacar buena nota en el examen.
               -¿Y si descansamos un rato y tomamos algo? – suspira – Estoy un poco cansada.
Entran en Deer Antlers y piden dos coca-colas, en el local apenas hay gente, y les traen las consumiciones enseguida.
               -La verdad… no sólo te dije de venir aquí para descansar – Sonríe – tengo algo para ti.
Del bolso saca un pequeño paquete envuelto en papel de regalo. Octubre se pone muy colorado y escribe un signo de interrogación en la libreta, está muy confuso.
               -¡Ábrelo ábrelo!
Le hace caso y empieza a desenvolverlo. Se encuentra con un disco de Drake, ¿cómo sabía ella que le gustaba?
<A qué viene todo esto? No me merecía nada…
               -¿Cómo no? Por mi culpa te estás pasando un montón de tardes aguantándome para enseñarme matemáticas. Sé que soy muy pesada, y por eso quería agradecerte todo lo que haces.
Octubre se levanta y abraza a Alicia. Le ha encantado el detalle.
<Cómo sabías que me gustaba Drake?
               -Bueno… Tengo contactos –Se rie – Que por cierto, es muy gracioso que justo a ti te guste ése estilo de música, ¡con todo lo que hablan!
Octubre se encoje de hombros y sonríe.
Pasan el resto de la tarde en el bar, vuelven a pedir de beber y charlan acerca de cualquier tontería que se les ocurra.
               -Oye, Octubre. ¿Te puedo hacer una pregunta indiscreta?
               <Claro, dime>
               -Es algo que me llevo preguntando desde que te conozco… ¿Por qué no hablas?
Al momento Alicia se arrepiente de lo que ha dicho. Se da de cuenta de que no le ha hecho nada de gracia a Octubre lo que le ha preguntado.
Toda la tranquilidad y el buen humor que tenía toda la tarde desaparece cuando escucha aquello. Es su intimidad, y no quiere que nadie se meta en sus cosas. ¿Cómo se atreve?
Antes siquiera de que pueda pedir disculpas, Octubre escribe        <Lo siento, me tengo que ir>
Guarda la libreta y los bolígrafos, paga y se marcha, dejando a una confundidísima Alicia sentada junto a la mesa que antes ocupaban.

Camina por la acera, con la mirada baja y absorto en los recuerdos. Sabe que tiene que pedirle disculpas a Alicia por cómo salió del bar; a la noche le mandará un mensaje.
Pasa junto al parque, en el que hay un montón de niños pequeños corriendo o jugando con sus padres. No puede evitar mirarlos con recelo. Apura el paso.
Llega hasta su casa y abre la puerta, todo está un poco oscuro. Se sienta en el sillón a leer. Sólo, terriblemente sólo.

Ha estado toda la tarde anterior apoyado en la puerta de su vecino, y abría pasado allí el resto de la noche de no ser porque llegó Irene. Aún le duele la espalda, y se siente un poco mareado, pero está decidido a pasarse otra vez el día entero junto a la dichosa puerta hasta que Pablo le abra.
Suena el timbre.
               -¡Papá, ha venido el vecino, quiere hablar contigo!
Corre hacia la puerta y lo ve, su joven amigo está en la entrada, con unas ojeras enormes y la ropa un poco arrugada. Julián corre y lo abraza.
               -Maldita sea, chico. Me has dado un buen susto.
               -Perdona, ayer no me encontraba muy bien, y preferí no salir de mi habitación.
               -No te preocupes, no pasa nada. – Julián se percata del papel que lleva Pablo en la mano - ¿Y eso?, ¿Vienes a leer un rato?
               -No, no es eso… Lo he hecho para ti.
Le da el papel y Julián, extrañado, lo abre.
<Cincuenta cosas que hacer antes de morir>
               -¿Pero qué es esto?
               -Bueno… ayer estuve pensando en lo del otro día, y decidí hacerte esa lista, porque no creo que pasarse el resto de tu vida sin hacer nada sea lo más apropiado.
Julián suspira y empieza a leer.
1.      Conocer a algún famoso.
2.      Subir a un sitio muy alto y gritar desde arriba del todo.
3.      Hacer paracaidismo.
4.      Resolver un asesinato…
En total cincuenta frases cortas, escritas con letra de niño y cada cual más original que la anterior. Un desafío en toda regla.
No puede evitar reírse, su vecino es encantador.
               -Muchas gracias, Pablo. Ya veré qué hago.

sábado, 26 de octubre de 2013

Capítulo 5




Trabajo, trabajo y trabajo. Eso es lo que le toca hacer durante toda la mañana. Escribir una recomendación, mandar unos documentos por e-mail, hablar con un posible nuevo cliente… Nadie dijo que ser abogado fuera fácil.
               -Perdona, Irene, ya ha llegado el nuevo. Me gustaría que le explicaras cómo va todo un poco. Enséñale el edificio y tal…
El recepcionista que acaba de asomar por la puerta de su despacho es Hugo, un chico alto, con unas gafas enormes y la única persona a la que Irene podría llegar a llamar “amigo”. Se conocen desde que vino a trabajar al bufete de abogados, y desde entonces han mantenido una relación de amistad, tanto dentro como fuera del trabajo. Y es que Hugo es con quien se toma el café de las mañanas, al que acerca en coche hasta su casa y con el que queda para comer muchos sábados.
               -Voy ahora. Gracias, Hugo.
Sonrisa cómplice.
La sala de espera del edificio es una pequeña habitación con grandes ventanas con vistas a la ciudad, tres sillones blancos a los lados y una mesa con revistas en el centro. De las paredes cuelga algún diploma, un cuadro y algunas plantas que dan al lugar un toque acogedor.
El chico está sentado en uno de los sillones, inquieto.
               -Buenos días, me llamo Irene – Se dan la mano -  ¿qué te parece si te enseño un poco cómo va todo?
               -Encantado, soy Gabriel. Gracias por ayudarme, estoy un poco perdido.
Un chico encantador.

-Qué, ¿cómo te fue ayer con Octubre?
Marta y Alicia están en frente del instituto, ya han terminado las clases y están esperando a que llegue Miguel para llevar a Alicia a comer.
               -Pues resulta que es un chico muy majo.
               -Y muy hablador – Marta no puede evitar reírse ante su ocurrencia.
               -Si, tú ríete, pero aquí la que no se entera de matemáticas eres tú. ¡Un diez le voy a sacar en el examen!
               -Va, flipada. Que sepas que…
               -Tss, calla. Que viene Miguel. Vete vete.

               -…Bueno, y aquí es donde está la impresora, la grapadora, etcétera. De todas formas si necesitas ayuda con el papeleo dinos a Hugo, el recepcionista, o a mí, y te echamos una mano si problema.
Gabriel sonríe y asiente. Cuando Irene se marcha, no puede evitar fijarse en las curvas que hacen sus pantalones, sin darse cuenta de que el joven recepcionista al que saludó antes, lo mira desde el otro extremo de la sala. <Gilipollas> piensa Hugo.

Entran en una pequeña pizzería en la que apenas hay clientes, se sientan en la mesa que está junto a la esquina y hacen sus pedidos. Miguel habla de cómo le va el trabajo en una tienda de música, como dependiente.
               -…Se que es un trabajo de mierda, pero por lo menos cobro quinientos al mes, este verano me saco el carnet de conducir y te llevo de viaje a algún lado.
               -Oh, me encantaría… París, Londres, ¡llévame a todos esos sitios!
Miguel le cuenta cómo funciona la tienda. Cada mañana tiene que madrugar para llegar a las ocho, hacer un poco de papeleo y abrir, ordenar los pedidos y colocar los nuevos discos. Quitando fines de semana y miércoles, tiene jornada completa.
               -Ah, pero no todo es un coñazo. El otro día, a eso de las seis, vino un tipo rarísimo. Entró en la tienda con una libreta y cuando llegó al mostrador me escribió que estaba buscando algo de Drake, Kid. Kudi, Eminem…
Al momento Alicia se pone tensa, lo malo que tiene Miguel es que es muy celoso, y a veces pierde los estribos. No quiere que sepa que quedó con Octubre el otro día.
-Ah, y…. ¿Qué hiciste?
               -¿Estás de broma? A mí que no me putee, si quiere algo que me lo diga. Lo eché de la tienda. Al menos me entretuve un rato.

Lleva casi un día entero sin saber nada de Pablo. Le duele cómo acabaron ayer las cosas, y se siente muy culpable por lo que pueda estar sintiendo el chico. Lo mejor será que vaya hasta su casa a hablar con él.
Peta en la puerta. Silencio. Vuelve a petar, ahora con más intensidad. Nada, ni un ruido dentro de la casa. Tal vez Pablo se haya ido a cualquier sitio, o con los padres o… No, ¿a quién quiere engañar?. Lleva tres semanas viendo al niño pasar todas las tardes en casa, ¿y justo se va a ir hoy? No, no puede ser. Vuelve a petar, ahora con más insistencia. Se está empezando a poner nervioso.
               -¡Pablo!
Grita, y nada. Sólo consigue que un vecino de la casa de enfrente asome la cabeza, curioso. Julián le lanza una mirada de pocos amigos y el hombre se vuelve a meter dentro de casa.
Suspira. No es culpa suya que al crio ese le haya dado un berrinche, no tiene por qué sentirse mal. Pero la verdad es que sabe que no va a poder estar tranquilo hasta haber hablado con él.
Se sienta en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Va a esperarlo.