Es instinto primordial, adrenalina. Queremos llegar al límite y dar un paso más, enamorarnos, probar cuánto podemos soportar antes de caer. Nos gusta eso, tener la vida a un simple suspiro, creer que por una vez controlamos nuestra propia existencia.
A veces me levanto y lo que necesito es sentarme en lo más alto, en la azotea, al borde de la nada.
Tal vez alguien, otra persona, nos grita desde dentro "¡HAZLO, CAMINA!, píllate por alguien hasta que queme, hasta que duela". Buscamos ser el muro de contención del sufrimiento ajeno, sin que nos importe deslizarnos, desde la azotea, a donde se persiguen los sueños.